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A pesar de los
desvelos de la Ilustración por eliminar la superstición de la
sociedad española, lo demoniaco atraía a buena parte de los españoles
sin distinción de clase social.
Goya no es ajeno
a este tema, ya sea para criticarlo o para reflejar sus episodios,
por lo que realizó entre 1797 y 1798 una serie de pequeños lienzos
sobre brujas y aquelarres. Los cuadros fueron posteriormente adquiridos
por la Duquesa de Osuna y destinados al palacio de El Capricho,
a las afueras de Madrid.
El gran
cabrón
El Aquelarre formaba parte de la
serie compuesta por catorce obras, llamadas Pinturas Negras, que
Goya realizó en las paredes de la denominada Quinta del Sordo,
entre los años 1820 y 1824. Esta obra se encontraba emplazada
sobre la pared más larga del comedor de la planta baja, en el
que le acompañaban Leocadia, Dos viejos, Saturno, Judith y Holofernes
y la Romería de San Isidro.
Después de la muerte de Goya, Antonio Brugada había realizado
un inventario de estas obras y había propuesto una serie de nombres
para cada una de ellas, nombres, que en algunos casos, fueron
completados o cambiados posteriormente por la crítica especializada.
Brugada tituló esta pintura El gran Cabrón, pero también se la
conoce como Reunión de brujas (Imbert), Escena sabática (Sánchez
Cantón) o El Aquelarre (Viñaza).

Las interpretaciones
son tan variadas como las denominaciones y también las relaciones
creadas con las otras pinturas del comedor. ¿La muchacha del manguito
significa la iniciación de una joven bruja, o simplemente es una
espectadora?. ¿La figura monumental de la izquierda es la imagen
de Capricornio, que está a su vez bajo la influencia del planeta
Saturno cuyo temperamento lo relaciona con la melancolía?. Lo
único claro es que Goya nos propuso una masa enajenada que presencia
un ritual concreto para gente iniciada.
La composición
también responde a estos principios: el grupo se congrega en torno
a una figura geométrica, el óvalo, donde cada uno de los elementos
está en función de ese semicírculo que se recorta sobre un fondo
neutro. Solamente destacan tres personajes: el gran sacerdote
representado por el macho cabrío en contraluz, la bruja desfigurada
y luminosa y, por último, esa joven vestida a la manera de la
época que asiste algo apartada al ritual.
Aquelarre
En el Aquelarre, la obra de Goya, que se reproduce
en esta página, es uno de los lienzos más impactantes (de
los 14 que componen la serie que pintó Goya) y que compró
la Duquesa de Osuna para su palacio de El Capricho.
En él se
representa un macho cabrío negro (figuración del demonio), coronado
de hojas de vid, que preside una reunión de brujas que le ofrecen
niños, posiblemente se trate de una alusión a la vieja creencia
de que los niños son el bien más preciado por Satanás por lo que
las brujas robaban los pequeños para ofrecérselos.
La escena se desarrolla
por la noche, a la luz de la luna, divisándose un buen número
de murciélagos rodeando al demonio.
Estas historias
se escuchaban con frecuencia en las tabernas y en los mentideros,
intentando los ilustrados desmentirlas para eliminar la superstición
del pueblo.
Quizá Goya, como
ilustrado que era, hace una crítica a esos aquelarres, muy en
consonancia con las imágenes que aparecen en los Caprichos.
El
hechizado por la fuerza
Esta imagen presenta una escena de la obra teatral de Antonio
Zamora que era muy popular en tiempos de Goya.
Don Claudio, sacerdote supersticioso y temeroso, cree estar embrujado
y para seguir viviendo debe de mantener encendida la lámpara del
diablo.
En primer plano
contemplamos parte del cuaderno del apuntador en el que se lee
"LAM DESCO", que formaría parte del primer verso
del discurso de don Claudio que dice
" Lámpara descomunal
cuyo reflejo civil
me va a moco de candil
chupando el óleo vital ..."
El sacerdote alimenta
la lámpara con aceite, lámpara que es sujetada por un macho cabrío.
Tras él contemplamos burros que bailan como se describía en la
obra.
En ese lugar se
discutía a menudo sobre brujas y demonios por lo que esta imágene
forma parte de la serie. La
superstición es criticada por la ideología ilustrada que comparte
Goya, surgiendo así estos lienzos que fueron vendidos a la Duquesa
de Osuna para decorar el palacio de El Capricho a las afueras
de Madrid, eran las indicadas para decorar ese salón.
Escenas
de brujas
El lienzo nos muestra a un grupo
de brujas vestidas de negro y encapuchadas, con lechuzas sobre
sus cabezas y figurillas en las manos, que podían ser pequeños
exvotos de cera empleados en las actividades de magia.
Los exvotos son
imágenes, negativos positivados en figuras que pueden ser de cera
o de bronce. Este tipo de figuras recoge un amplio abanico de
representaciones, desde figuras masculinas o femeninas: desnudas
o vestidas, a caballo, armadas, suplicantes, oferentes, hasta
partes del cuerpo o animales. De esta forma los figurados nos
permiten una lectura clara de la sociedad que los produjo: nos
permiten acercarnos, sobre todo, a las formas de ostentación y
representación de los individuos representados en cada exvoto,
a sus formas de aproximarse y mostrarse ante la divinidad.
En primer plano
vemos a un hombre vestido con una túnica blanca que se arrodilla
ante el extraño grupo presidido por una figura de amplia túnica
amarilla que podía ser la bruja neófita.
El fondo tenebroso
y la luz lunar refuerzan el carácter tétrico de la escena, en
la que aparece una figura que desciende del cielo que resulta
muy difícil de idntificar.
Vuelo
de Brujas
En esta imagen observamos
a unas figuras semidesnudas tocadas con largos capirotes llevando
en volandas a un hombre desnudo.
Bajo el grupo de
brujas aparecen varios personajes: uno de ellos se tumba en el
suelo y se tapa la cabeza para evitar contemplar la escena y otro
se cubre con una tela la cabeza.
Las brujas, están
levitando o quizas volando, lo que tal vez sea una representación
de lo se creia en esa epoca que era una de las tantas cosas que
podían hacer las brujas.
Al fondo se divisa
la silueta de un burro.
El episodio tiene
lugar a la noche, recortándose las figuras sobre un oscuro fondo,
iluminadas por una luz fantasmal.
Posiblemente Goya
quiera hacer una crítica al pueblo supersticioso que cree todas
las historias que se cuentan, comparándole con el paciente burro
que sigue comiendo haciendo caso omiso al espectáculo.
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