| Quiso
el azar que el muchacho estuviera mirando sus ojos en ese instante y observara
cómo, súbitamente, aparecía una mancha negra en la porción inferior del iris.
Peczely se compadeció del ave y se la llevó a casa para cuidarla hasta que sanara.
Como aquella mancha despertaba su curiosidad
experimental, se dedicó a examinarla durante todo el proceso y se dio cuenta de
que iba aclarándose paulatinamente, coincidiendo con la mejoría del animal, hasta
desaparecer por completo en el momento de su curación. El
incidente produjo un gran impacto en la mente del futuro doctor (terminó ejerciendo
como médico homeópata) y se dedicó a analizar los ojos de la gente, hasta que
tuvo la edad suficiente para entrar como interno en el hospital del Colegio de
Médicos. Allí es donde pudo estudiar multitud de casos de lesiones orgánicas y
afianzar sus teorías. Y
allí descubrió también cómo los medicamentos de uso corriente en la época (yodo,
bromuro, quinina, etcétera) producían cambios de coloración en ciertas partes
del iris. A partir de entonces su vida estuvo volcada en la investigación y publicó,
en su madurez, el primer libro de iridiología científica, que le valió para crear
escuela y darse a conocer como el padre de esta disciplina. En
España, fue la obra del oftalmólogo bilbaíno Juan Ángel Bidaurrázaga, publicada
en 1920, la que se ocupó de difundirla. Esta
joven ciencia experimental se desarrolló a lo largo de la segunda mitad del siglo
que acaba de terminar como una técnica no agresiva que permite (en manos de un
buen profesional) aportar una serie de datos sobre las enfermedades y su posibilidad
de corrección. |