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Es
un muñequito bien vestido, cargado de objetos suntuosos y billetes
de banco. Sobre sus hombros lleva ollas de plata, collares de
oro, pequeños bolsas de coca, como símbolo de opulencia. Su rostro
eufórico denota la alegría del que todo lo tiene.
Sus facciones no son
las de “Cholo” o indio del altiplano, sino que parecen actualizadas
con finos bigotes al mejor estilo de los galanes cinematográficos
de los años treinta. Es el Dios de la abundancia.
De vez en cuando,
en las engalanadas caravanas de automóviles que acompañan a los
templos a las parejas de novios de origen boliviano, se lo ve
infaltable sobre la carrocería de vehículos cubiertos de punta
a punta por vajillas de plata, ponchos de vicuña, mantas cochabambinas,
monedas y dinero de todo tipo entre cintas multicolores, flores
y cuadros de los santos preferidos, ornato que representa los
augurios de los invitados para los contrayentes.
Hoy todos se refieren
a él bromeando (indígenas incluidos) pero, por “esas cosas”, es
un penate siempre presente en un lugar destacado de la vivienda,
que recoge el anhelo de sus moradores por una vida más placentera,
sin angustias económicas.
Idolillos que traen
fortuna son comunes en numerosas mitologías de todo el mundo,
pero lo que provoca curiosidad es el atuendo moderno con que la
imaginería popular viste a este Dios menor precolombino. Abundancia,
amor afortunado, virilidad, fertilidad y en síntesis, felicidad;
dones del idolillo que da sin enajenar libertad o moral alguna:
¡ Por fin un Dios realmente Generoso !
Origen de la leyenda
El origen de la leyenda
del Ekeko, fue la gran sublevación de los indios Aymara (Bolivia)
en el año 1781; año de la epopeya en que los blancos e indios
midieron su bravura, hicieron lujo de sus sacrificios y probaron
su entrañable y abnegado amor, los unos por conservarla para su
orgullo hispánico y los otros por conquistarla para su añeja tradición.
El espíritu ancestral
de la raza aymara personificado en el caudillo rebelde Julián
Apaza y el espíritu de la tierra y el amor doméstico encarnados
en la esposa del caudillo, la virreina Bartolina Sisa, lanzaron
a sus gentes en son de reconquista contra los “paredones” y los
fosos que los defensores alzaron apresuradamente en torno de la
ciudad de La Paz (Bolivia). Por otro lado la bravía pujanza de
españoles y criollos, dirigidos por Don Sebastián de Segurola,
significaba para estos el empeño juramentado de morir junto a
esos “paredones” defendiendo, más que su vida, el grandioso destino
de la ciudad.
Así fue como estalló
la sangrienta pugna. Al amanecer del 14 de marzo de 1781, las
alturas de La Paz aparecieron ocupadas en son de guerra por incontables
ordas de indios armados. Eran su reto los amenazadores sones de
los “pututus” cuya vibración, como sobre la caja sonora de una
enorme guitarra, repercutía bélicamente en la hosquedad urbanizada.
Al anochecer, centenares de hogueras, encendidas por los rebeldes
en las cumbres de las serranías, brillaban como ojos vigilantes
y enrojecidos por el rencor racial, anunciando el bloqueo a muerte.
Y desde aquel día
los parajes aledaños a la ciudad, San Pedro, Carcantia, Santa
Teresa, Potopoto, Santa Bárbara, San Juan de Dios, Las Recogidas,
Churubamba, San Sebastián, La Paciencia y Caja del Agua se convirtieron
en el campo de la porfiada refriega, en la “tierra de nadie” en
que día tras día y noche tras noche se combatía sin cesar y sin
cuartel.
Pues bien, dentro
de esa tremenda etapa de sangre, de amarguras y de esperanzas
que soportó esta ínclita ciudad de Nuestra Señora de La Paz (nombre
completo de la ciudad de La Paz), es que se actualizó y cobró
objetividad nueva la leyenda indígena del ekhekho.
Paulita Tintaya,
moza núbil, perteneciente al “repartimiento” de que había hecho
merced el Rey a su fiel súbdito Don Francisco de Rojas, español
y vecino de la ciudad de La Paz, había sido trasladada desde la
“encomienda” de Rojas, situada en las inmediaciones de Laja ,
para ser puesta al servicio personal de la joven bella criolla
Doña Josefa Ursula de Rojas Foronda, hija del susodicho encomendero,
que tenía solar de horca y cuchillo en una de las plazas principales
de la población.
A la sazón, la joven dama
era ya esposa del Brigadier Don Sebastián de Segurola, Gobernador
y Comandante de armas de esta ciudad y su jurisdicción. Paulita
que formaba parte de la dote paterna de la flamante Brigadiera
se había trasladado con su ama a aposentarse en el solar de los
de Segurola. Sin embargo, la rica mansión en que servía Paulita
le sabía a ésta a jaula dorada en la que, cual pobrecito pajarillo,
estaba privada de libertad, de la más dulce de las libertades
: la libertad de amar y de holgarse a su guisa con el varón de
sus únicas predilecciones.
Este era un mozo del
mismo “repartimiento” que ella; el más guapo de su generación
comarcana; fuerte y recio para el trabajo y labranza; apasionado
y codicioso para obtener su dicha en el querer. Desde pastores,
él y ella tejieron con urdimbre de ilusiones su idilio, en las
apacibles tardes en que sus ganados, mezclándose en una sola tropa,
en las orillas del riachuelo vecino, allá junto al caserío de
Laja. Pasaron así los años de la adolescencia y llegó para ellos
la juventud que tanto esperaban para realizar su connubio; pero
una voluntad más poderosa que su anhelo de dicha, es decir la
orden incontestable de Don Francisco de Rojas, por razón de su
“encomienda” amo y señor de tierra y gentes, dispuso inmediato
traslado de la moza a la ciudad para servir a su joven hija. Esa
misma voluntad que se llevaba lejos a la doncella aherrojó al
infeliz galán a seguir labrando las tierras de la hacienda, sin
posibilidad de irse también, como él lo hubiera querido, detrás
de su bien amada.
Como despedida
hecha a prisa y epílogo dolorido de aquel idilio sin esperanza,
en la última entrevista que lograron tener en el ahijadero, Isidro
Choquehuanca, que tal se llamaba el galán, entregó como desperado
símbolo de su cariño a la indiecita, un pequeño amuleto de yeso
que él mismo había fabricado y que, según la añeja tradición de
sus congéneres, era el fetiche que velaba por la felicidad de
quienes ponían en sus manos diminutas el secreto de sus afanes.
Para confeccionarlo según sus ritos y de acuerdo a sus particulares
deseos, Choquehuanca había tratado de reproducir en la estatuilla
la figura de su amo, el “chapetón” Rojas, hombrecillo pequeño
y regordete, de rostro enrojecido, color que había logrado imitar
con unas pinceladas de airampo; además había procurado darle una
cara risueña y bonachona. El improvisado artífice se había empeñado
en representar en el muñeco al señor de Rojas, porque él era precisamente
el ser omnipotente del que dependía el destino de los dos jóvenes
enamorados, y le había dado apariencia bondadosa para que, así,
benigno fuera para con ellos. Luego, siguiendo las supersticiones
raciales le había adornado con varias pequeñas prendas adecuadas
en el tamaño; bolsitas con alimentos, pequeñas prendas de vestir,
instrumentos de labranza, en fin, todo lo que en calidad de bienes
materiales, puede complementar la felicidad de un hogar como el
que el joven Choquehuanca proyectaba formar para gozar del cariño
y de la fresca juventud de Paulita.
Después de una tarde estremecida
de caricias, patentizada con juramentos de fidelidad mutua y hasta
regada con lágrimas de ternura, se separaron. Él quedóse pesaroso,
sujeto como gleba al trabajo de la encomienda y ella, estrechando
con el cálido seno el fetiche, se marchó a la ciudad a cumplir
sus nuevos deberes.
Mucho tiempo pasó
en que Paulita e Isidro esperaron que el ekhekho obrara el milagro
de rehacer su malaventurado idilio. El hada, no sólo que no actuó
favorablemente, sino que hizo aún más inasequible toda esperanza
con el estallido de la sublevación de los indios y del sangriento
asedio de la ciudad. La lucha de razas que sobrevino cavó abismos
de sangre y de odio entre los dominadores y los siervos y separó
irreconciliablemente la ciudad en que vivía ella, del campo en
que trabajaba él.
Con tales antecedentes,
volvamos a los terribles días del asedio de La Paz.
Tres meses llevaba
ya la denodada ciudad absolutamente aislada del mundo. Privada
del agua que antes llegara rumorosa y abundante desde las torrenteras
de Chacaltaya por los trabajos de desvío de los sitiadores, su
vecindario apenas alcanzaba a proveerse de tres o cuatro pequeños
manteales que habían quedado en el recinto cercado. Sin provisiones
de boca y de guerra, puesto que todos los caminos y “garitas”
de la ciudad habían sido ocupados por los indios rebeldes. La
Paz con sus varias decenas de miles de habitantes, parecía condenada
a perecer irremediablemente, a no ser que una poderosa fuerza
militar, venida de fuera, llegara en su socorro. Esa fuerza y
ese milagro eran muy remotos, porque todos los mensajes angustiosos
en procura de auxilio no habían tenido respuesta ni promesa.
Entre tanto, los
famélicos vecinos debían hacer frente de día y de noche, sin tregua
ni descanso a los asaltos, incendios y obras de saja de los tenaces
sitiadores. Los bodegones, las despensas y todos los sitios donde
antes se vendían o guardaban los víveres estaban exhaustos. Las
familias mas opulentas habían acudido al desesperado arbitrio
de echar mano de los arreros, “petacas” y demás objetos de cuero
para introducirlos en la ollas y lograr con su tenaz conocimiento
una especie de “consomé” de endemoniado sabor. Nada hay que decir
de los asnos, mulos, perros y gatos que habían tenido la desventura
de quedar en la ciudad en los días aciagos del sitio; todos ellos,
en carne y hueso, habían pasado a la calidad de viandadas disputadas
por las gentes hambrientas. El hambre llego a tal exceso y a tan
insoportable intensidad que anuló hasta los efectos más sagrados.
Mujer enajenada hubo que sacrifico a su hijo mayor para que los
menores tuvieran sustento con que salvar sus agonizantes vidas.
Fueron extraídos
de los arcones y aparadores las joyas, el oro, la plata y la vajilla
labrada para ser trocados por unos cuantos granos de maíz o trigo.
En fin, el hambre y la muerte eran tan horrendas en la ciudad
que sólo un heroísmo y una tenacidad sobrehumanos pudieron sostener
a la villa sin acudir al humillante y doloroso recurso de la capitulación.
Alguna noche de esas, gentes desesperadas se atrevían a salir
al amparo de la oscuridad a buscar en las afueras yerbas y desperdicios
con que simular una miserable viandada. Las más de las veces estos
desdichados caían víctimas de los vigilantes feroces sitiadores.
Empero, en medio de
un cuadro de desolación y de angustia, existía el rincón de una
pequeña vivienda en el que, por un caso inexplicable, se ocultaban
pequeñas provisiones que, luego de ser consumidas al cabo de algunos
días, por su dichosísima poseedora eran renovadas, como por arte
de magia. Aunque no exquisitas, estas provisiones de boca eran
suficientes para salvar de la fatal extenuación a una persona
y, acaso a dos o tres más. Tan preciosos recursos alimenticios
consistían en una bolsa de maíz tostado, una regular porción de
"quispiñas" (especie de galleta indígena de harina de quinua),
mas un trozo de “charque” (carne seca) de llama tierna.
La envidiable propietaria
de ese tesoro era una de la sirvienta de la Brigadiera y nada
menos que Paulita. La moza guardaba y consumía secretamente sus
provisiones en un rincón de su pequeña y obscura habitación de
las dependencias anteriores de la casa en que servía. Al pie de
la tosca hornacina en que había colocado al ekhekho que le diera
Isidro habían escondido los alimentos, envolviéndolos y cubriéndolos
con ropas y otros enseres sin importancia. Sin propósito deliberado
la casual proximidad de los comestibles al muñeco de yeso significaban
el origen común de ambas cosas.
Una noche del cuarto
mes en que la ciudad estaba sitiada por las huestes de Julián
Apaza, Paulita después de cumplir sus cotidianos deberes domésticos
para con su ama, se había retirado a su cuarto a descansar, si
descanso pudiera llamarse a pasar una noche febricitante por la
extenuación y el hambre. Pues es preciso declarar que este cruel
espectro había también sentado sus reales en la casa del Gobernador,
y que ni él ni para nadie se podía introducir a La Paz ni la más
pequeña molécula de alimento. En la mesa del prócer, como en la
de cualquier otro mortal de la villa, ya no alcanzaba a servirse
otra cosa que caldos o cocimientos correosos de cueros, trozos
de petacas o de arreos de ensillar. Aquella noche decimos, Paulita,
en medio del insomnio famélico que sufría, al dirigir su mirada
vaga hacia el fetiche de la hornacina, recién se dio cuenta de
que le muñeco tenía entre su característica aparejo pequeñas bolsitas
de maíz tostado, azúcar, harina y otros comestibles. De un salto
se levantó con el propósito de apoderarse de tan inesperados bienes.
Ella tenía las manos febriles extendidas hacia el ekhekho, cuando
sintió junto a su puerta una voz que muy quedamente la nombraba.
Quedó suspensa y desconcertada.
- ¡ Paulita !
, ¡ Paulita ! , volvió a decir la voz impregnada de expresivo
acento.
Entonces la moza se
apresuró a franquear la puerta a quien la llamaba, y con indescriptible
sorpresa recibió el más patético y cariñoso saludo de su amado.
- ¡ Isidro ! ,
¿ Eres tú, deveras ? ¿ No me engaña la calentura ?
- Sí soy yo, Paulita.
Pero no hables tan alto. No quiero que me vean ni me conozcan.
Cerraron la puerta
y sentándose en cuclillas en el rincón más seguro platicaron al
amparo de la noche.
El le contó, atropelladamente,
lo que significaba allí su presencia. Isidro, junto con todos
los demás indios de las comarcas circundantes, había sido enrolado
en el ejército de Apaza. Estaba pues juramentado para destruir
la ciudad y exterminar a los blancos y mestizos que la poblaban
Como estaba entre las partidas más aguerridas se le había designado
un puesto de avanzada en la región del el “Calvario”. El ejército
sitiador estaba al tanto de los horribles padecimientos que soportaban
los sitiados. Muchos de éstos, acosados por el hambre, habían
salido a entregarse a los rebeldes narrándoles los sufrimientos
que agobiaban a la ciudad. Entonces Isidro se había propuesto
buscar una manera de proteger a su adorada y salvarla de tal situación.
Por eso, atravesando sigilosamente durante la noche las líneas
de los defensores, había traído esos recursos alimenticios.
- Mira !
le dijo, al tiempo
que extraía debajo de su ponchos un bulto de regular volumen
– Aquí tienes
"tostado", "kispiña" y "charque". Es lo mismo que merendábamos,
¿te acuerdas ?, en los días en que éramos felices en nuestra
comarca. Con esto creo que puedes subsistir hasta una semana.
Ya te traeré nuevas provisiones a medida que las necesites.
Prueba de cariño tan
palpable no necesitaba de palabras elocuentes. Así lo entendió
la moza y con sencilla sinceridad se lo demostró a Isidro. Este,
satisfecho también, al comprobar que sus sacrificios y afanes
eran correspondidos con la certeza del amor tierno y apasionado
de su bien amada, se marchó a ocupar su sitio de combatiente antes
que los sorprendiera el alba.
Tal era el misterioso
origen de las provisiones que desde aquel día nunca más faltaron
en el rincón de la vivienda de Paulita y que, colocadas sin propósito
cerca al ekhekho, parecían el presente de su merced benefactora.
Cada noche, la muchacha tomaba un a suficiente porción de esos
alimentos y así se mantenía reconfortada en medio de toda una
población que diezmaba con el hambre.
Su esposo, el afligido Brigadier,
impotente para acudir a la dama soportaba doble zozobra, pues,
además tenía sobre sí otra preocupación más grave, que era la
de vigilar, organizar y dirigir constante y personalmente la defensa
de la ciudad a él encomendada contra los renovados asaltos de
los sitiadores que se tornaban cada día más osados e impetuosos.
Después de contemplar con pesadumbre el cuadro de la postración
irremediable de sus tierna esposa, se resignó a salir requerido
por sus lugartenientes que momentos antes habían entrado desolados
a comunicarle que los indios habían iniciado un nuevo asalto,
incendiando algunas casas de Carcantía y que estaban demoliendo
con picotas los paredones de la defensa de San Juan de Dios. Lanza
el Brigadier una postrer mirada a su esposa y como en ese momento
la única sirvienta qua acompañaba a Doña Úrsula era Paulita, porque
las restantes estaban en sus habitaciones en igual o peor estado
que sus ama, le dijo:
- Ahí te dejo
a la señora. Que se haga lo que Dios quiera. Pero tú no me la
abandones hija mía.
Y se marchó sombrío,
a caso con la secreta intención de ir a buscar la muerte en el
lugar más peligroso del combate.
Protectora de su ama,
comenzó a sentir por ella profunda lástima. Moza como era, asequible
a los sentimientos de femenina ternura, no tardó en dejarse embarcar
por una generosa compasión hasta dejarse llevar por sus impulsos.
Luego, sin pensar más, fue corriendo a su cuarto a traer una parte
de sus alimentos.
Cuando Segurola volvió
a su hogar a la hora de “la queda”, temeroso de encontrar el cadáver
de su amada esposa, halló con inmensa alegría que no solamente
la dama estaba tranquila y reconfortada sino que le fue ofrecido
un plato cuidadosamente guardado en el fondo de un arcón. Se sirvió
de él casi golosamente nuestro brigadier y sintió como un milagro
de restauración fisiológica en su organismo exánime, que hasta
entonces se había mantenido en pie únicamente por la fuerza moral
de su inmensa responsabilidad.
Desde el día siguiente
fueron tres lo afortunados seres que en medio de la población
hambrienta y al borde de la agonía tenían su seguro yantar: Doña
Úrsula, el Brigadier y la muchacha que tan generosamente les había
hecho participes jurados de su secreto.
Pero, hay que decir
en honor de la verdad, que el secreto fue conocido sólo a medias
por el Gobernador y sus esposa, porque Paulita, con el propósito
de evitar cualquier peligro para Isidro, ante las insistentes
preguntas de sus amos, había tenido la discreta ocurrencia de
llevarlos junto al ekhekho y manifestarles que al poder tradicionalmente
dadivoso del fetiche se debía la milagrosa e inagotable virtud
de sus provisiones.
Esta peregrina explicación,
que en otros momentos, acaso, hubiera sido encomendada a la investigación
peligrosa de los oficiales de la Santa Inquisición, en aquellas
horas de suprema angustia en que todos sentían el incontenible
afán de mantener la vida, fue aceptada sin mayores disquisiciones
por los señores de Segurola quienes se contentaron con agradecer
la señalada predestinación de salvar la existencia aprovechando
de la generosa virtud del amuleto indígena.
Entre tanto, el asedio
se prolongaba. Llevaba ya la ciudad seis largos meses de inenarrables
padecimientos. Ya nadie tenía esperanzas de subsistir y algunos
de los más desesperanzados comenzaban a hablar de la capitulación,
que podía encomendarse al Señor Obispo, con cuya influenciase
podría atenuar, siquiera en lo posible, las bárbaras represalias
y crueldades de los vencedores, cuando por misterioso conducto
llegó a la ciudad la noticia de la aproximación de un poderosos
ejército dirigido por el Comandante General Don José Reseguín.
La noticia operó un milagro. Se reavivaron los ánimos más agobiados
y de todas las casas salieron los famélicos sobrevivientes para
aclamar con gritos de enajenada alegría su próxima liberación.
En efecto, al amanecer del día 17 de octubre, se notó que los
sitiadores abandonaban precipitadamente las alturas circundantes
y se replegaban hacia la región de Chacaltaya, al mismo tiempo
que por el camino de El Alto, de Potosí se asomaban con banderas
desplegadas y disparando sus bombardas, las primeras formaciones
del ejército libertador.
El martirio de seis
meses se transformó por ensalmo en loco y desbordante alborozo.
Los soldados de Reseguín entraron en la ciudad entre enternecidas
bendiciones y frenéticos clamores de júbilo.
En medio de esa multitud
enloquecida de gozo, el Brigadier Segurola que presidía la recepción
que el pueblo tributaba a sus salvadores, no podía alejar de sus
mente la idea de que, como un recuerdo emocionado e imborrable,
le obligaba a pensar en el pequeño fetiche indígena con cuyo favor,
él y su amada esposa había podido sobrevivir hasta ver el sol
de ese hermoso día.
Entre los nutridos
y solemnes festejos con que la ciudad liberada celebró a porfía
la nueva etapa de paz y de progreso, tiene especial importancia
para nuestro relato dos acontecimientos:
- El primero fue la ordenanza
que dictó el gobernador Don Sebastián de Segurota, para que
de allí en adelante la feria que hasta entonces se celebraba
el 20 de Ocubre, aniversario de la fundación de la ciudad,
se trasladara al día 24 de enero, como piadoso homenaje de
gratitud a Nuestra Señora de La Paz, bajo cuya protección
y favor la ciudad había sobrevivido a las tremendas calamidades
des asedio, y que, además, en dicha feria tuviera preferencia
la venta o trueque del ekhekho, el fetiche indígena modernizado
según el modelo que el mismo Gobernador exhibió en un sitio
adecuado y que no era otro que el que obtuvo Paulita. No explicó
el señor gobernador mayores razones sobre la adopción del
fetiche, pero aseguró a fe de su palabra, que quienes lo adquirieran
y lo llevaran a sus hogares, tendrían un amuleto para su buena
suerte.
- El otro acontecimiento, menos
ruidoso, y público, pero para nosotros más significativo aún,
fue el matrimonio de Paulita con Isidro, que se verificó poco
después apadrinado por el Brigadier y su esposa.
Cuando los amos de
Paulita, deseosos de retribuir a la moza por la generosa actitud
que ya conocemos, le preguntaron qué es lo que podrían hacer por
ella, ésta, sin dubitaciones les contestó al momento que su único
anhelo era casarse con Isidro. El mozo fue llamado por su ama
a la ciudad y de inmediato comenzaron los preparativos para la
boda.
Después de la bendición
nupcial, los padrinos, contrayentes y convidados pasaron al gran
comedor de los Segurola para servirse el ágape tradicional. Junto
al pastel de boda estaba sobre un adecuado pedestal de confituras
el ekhekho, cuya sonrisa parecía más placentera que nunca. Al
verlo sonrieron los padrinos y los novios y cruzaron miradas de
secreto entendimiento.
Sentada ya Paulita
junto a su madrina y señora oyó que ésta cariñosamente le decía
al oído:
- Ahí tienes el
amuleto que nos ha permitido vivir en medio del hambre de tantos
meses. Lo he colocado allí para que siga prodigándonos su favor
y para que sea un feliz augurio de tu boda.
La muchacha respondió
con una ruborosa sonrisa y tuvo que volverse inmediatamente hacia
el otro lado se su asiento para escuchar lo que Isidro resplandeciente
de dicha, le susurraba al otro oído.
- Ya ves, Paulita,
cómo no ha sido en vano que pusiéramos nuestro amor en manos
del ekhekho. Por él tenemos hoy la felicidad que ya creíamos
perdida.
Al oír todo esto,
Paulita pensó que lo que en principio fue únicamente mentira,
ahora se había tornado una ferviente convicción. Que si los alimentos
no fueron realmente un don del ekhekho, sino obra del abnegado
amor de su Isidro, en cambio, su dicha de ese día, su ilusión
realizada, no podía ser otra cosa que una merced del pequeño hombrecito
de yeso. En medio de su gozosa gratitud ganas tuvo de tomar al
ekhekho y estrecharlo fuertemente contra su seno, tal como aquel
día de su penosa despedida lo llevó sobre su corazón.
A medida que pasó
el tiempo y se fueron borrando los recuerdos de los tremendos
acontecimientos del año 1781 y nuevas generaciones aparecieron
en la ciudad, libres ya de las penosas remembranzas que oían narrar
a sus abuelos, fue manteniéndose y acrecentando la tradición del
ekhekho que continuó siendo el rey pequeño de la feria típica.
Para unos era la fuente de los recursos contra el hambre y la
miseria; para otros, el bondadoso idolillo que concebía la felicidad.
La liberación de la
ciudad de La Paz, que fue casi como una resurrección, trajo también
la resurrección, de una tradición indígena que pasó a la categoría
de una simpática superstición impregnada de optimismo que se difundió
entre todas las gentes de todas las layas que tuvieron cuna o
techo en el solar paceño. Y, sin presumirlo, el Brigadier Segurota
lanzó una ordenanza que estaba destinada a superar los tiempos
de la Independencia y de la República porque era tan bella y tan
inofensiva que enraizó profundamente en el alma popular.
Por eso, año tras
año y siglo tras siglo, el ekhekho, principal mercadería de la
feria, rey de la fiesta en sus dominios de “alasitas “ , fue adquirido
y llevado a los hogares con todo su atavío, como un manojo de
esperanzas que se quisieran ver convertidas en venturosas realidades.
A su virtud, ensalzada por la tradición, le confían las gentes
sencillas las ilusiones y los anhelos que quisieran arrebatar
el tacaño porvenir.
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