|
En
las inmensas soledades de la Puna, los ganados están
protegidos. Un enanito misterioso, un duendecillo,
que todo lo ve, es quien defiende sus vidas de las crueldades
humanas. Nadie a visto a Coquena.
Es fama que tiene
cara de cholo y viste casaca y pantalón de vicuña. Lleva también
diminutas ojotas y ancho sombrero de suave pelo.
Desde las alturas
contempla sus bestias sin ser visto. Sólo se ha escuchado su silbido,
que es mágico llamado. Pero es tal la seguridad de su presencia
que todos le temen. Por eso no matan vicuñas ni llamas para utilizar
su pelo.
Prefieren cortar
suavemente el vellón. Tampoco maltratan a las arrias cuando cargadas
de sal, bajan de los cerros.
Se cuentan historias,
en que justiciero, Coquena ha quitado las llamas
a quien no sabía valorar ese don; y como ha premiado a los buenos
pastores que, en tormentas de nieve, cuando el viento blanco amenazaba
cubrirlo todo, salvan con peligro de su vida su hato de cabras
en plena borrasca.
Y está su persona
tan ligada a los hechos que ocurren por estas regiones, que, en
Salta, cuando aparece un forastero, para adquirir provisiones
y, tocándose con el codo, murmuran:
¡ Es coquena !
Coquena
es una deidad diaguita-calchaquí, cuya función principal
es vigilar los rebaños salvajes de llamas, guanacos y vicuñas,
cuidando que los cazadores no maten innecesariamente. Habita en
la puna salteña y Jujeña, persiguiendo a quien mata con armas
de fuego.
Se dice que es un hombrecito retacón, de cara blanca y con barba.
Según algunos autores, El Coquena es lindo, elegante,
lleva un sombrero ovejón y usa ropa tejida con lana, pantalón
de barracán, camisita de lienzo y un collar de víboras relumbrando,
calza sus pies con ojotitas con clavos de plata.
Cambia su poncho
todos los años para el carnaval y lo entierra, al viejo, en donde
tiene su tesoro escondido.
Es el patrón de
los animales del campo y de los cerros. Sólo permite que cacen
por necesidad y a la vieja usanza (rodeando las tropas con hilos
y trapos colorados y boleándolas).
Suele premiar con
monedas de oro a los pastores que cuidan bien sus rebaños, y no
sobrecargan las llamas en las travesías por la montaña.
Para pedirle permiso
a Coquena, hay que dejarle ofrendas sobre una apacheta.
Se coloca una tortilla de cocho, (mezcla de harina de maíz, con
algarroba molida, azúcar o melaza) coca y un poco de chicha. De
ese modo el dios protegerá al cazador, guiándolo hacia los rebaños
más gordos y numerosos.
El poeta salteño Juan Carlos Dávalos dedicó una
poesía a Coquena en su libro Los Cantos de la Montaña.
A la izquierda se transcriben algunas estrofas
Se dice que Coquena
silba entre los cerros, masca coca continuamente, y trata de ocultarse
a los ojos curiosos de los humanos. Vigila los rebaños que pacen
en la montaña, y cuando se ven animales sin la compañía de un
pastor, la gente de la zona comenta que es Coquena
quien los guía hacia los pastos tiernos. También se dice que durante
la noche lleva rebaños cargados de plata y oro extraído de las
minas cordilleranas hacia el Sumaj Orko de Potosí,
para que sus riquezas no se agoten.
Coquena
es difícil de encontrar, pero si por casualidad alguien lo ve,
se lo considera como un mal presagio. La visión es sumamente fugaz,
porque de inmediato se transforma en un espíritu. No es un duende
temido, porque no asusta, ni hace el mal. Sólo castiga a quien
utiliza armas de fuego, o mata sin necesidad.
A veces se lo confunde
con el Llajtay, que atraviesa los cerros silbando,
ocultándose de la mirada de los humanos.
Cuenta una anécdota
que dice que cierta vez un montañés se enteró en Tilcara
que Coquena había regalado una bolsa con monedas
de oro a un cazador furtivo, para que deje de matar. Inmediatamente,
para provocar un encuentro con el duende, tomó su escopeta y se
dirigió a las montañas, comenzando una matanza de vicuñas. Coquena,
no se mostró al hombre, sino que lo castigó a vagar errabundo
por los cerros, cuidando una majada imaginaria. El cazador se
volvió opa (medio loco, medio tonto).
Cuenta una versión
del Llajtay en Ischilón (al este de
Tucumán) donde se describe al duende que, segun dicen algunos
estudiosos, se trata de la misma deidad, petiso, fornido, de larga
barba blanca, vestido como un pastor de cabras, calza ushutas
(sandalias indias) y lleva un urku de lana de alpaca o vicuña,
(gorro con orejeras) en su cabeza, debajo del cual se observan
ojos negros intensos. Da saltos increíbles en las laderas tocando
su flauta de húmero de cóndor, alegrando toda la Puna.
|