Tú ves
a las personas y las cosas, no tal como ellas son, sino tal
como eres tú.
Si quieres
verlas tal como ellas son, debes prestar atención a tus apegos
y a los miedos que tales apegos engendran.
Porque,
cuando encaras la vida, son esos apegos y esos miedos los que
deciden qué es lo que tienes que ver y lo que tienes que ignorar.
Y sea cual
sea lo que veas, ello va a absorber tu atención.
Ahora bien,
como tu mirar es selectivo, tienes una visión engañosa de las
cosas y las personas que te rodean.
Y cuanto
más se prolongue esa visión deformada, tanto más te convencerás
de que ésa es la verdadera imagen del mundo, porque tus apegos
y tus miedos no dejan de procesar nuevos datos que refuercen
dicha imagen.
Esto es
lo que da origen a tus creencias, las cuales no son sino formas
fijas e inmutables de mirar una realidad que, de por sí, no
es fija ni inmutable, sino móvil y en constante cambio.
Así pues,
el mundo con el que te relacionas y al que amas no es ya el
mundo real, sino un mundo creado por tu propia mente.
Sólo cuando
consigas renunciar a tus creencias, a tus miedos y a los apegos
que los originan, te verás libre de esa insensibilidad que te
hace ser tan sordo y tan ciego para contigo mismo y para con
el mundo.
" He venido a este
mundo para un juicio: para que los que no ven, vean, y los que
ven, se queden ciegos ".
(Jn 9,39)