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No importa que
tendencia religiosa se practique, las velas siempre han estado
presentes en Templos, Altares, Palacios, Hogares, etc.
Las velas también
han sido usadas para efectuar rituales tales como protección del
hogar, atracción del ser amado, prosperidad, abundancia, salud,
entre otros.
En sus orígenes
el hombre utilizó para alumbrarse palos y teas de madera con resina.
Posteriormente pero aun en tiempos pasados y antes de que el gas
y la electricidad se convirtieran en el único medio de energía
para el mundo, únicamente se utilizaban las velas como medio de
producir una luz artificial.
Se dice que las
primeras velas fueron desarrolladas por los antiguos Egipcios,
quienes usaban "Velas de Junco" o antorchas empapando los carrizos
de sebo fundido, sin embargo, los romanos fueron los que mejoraron
las velas utilizando pabilo, de esa manera auxiliaban a los viajeros
en la oscuridad, y proveían de luz a los hogares y sitios de culto.
Al igual que los Egipcios, los romanos utilizaban el sebo de ovejas
y vacas como principal ingrediente.
Parece ser que
la vela se adoptó relativamente tarde para la iluminación casera.
La más antigua descripción aparece en escritos romanos del siglo
I d.C., y este nuevo invento se consideraba una obra de arte.
La invención de
las velas como tal y como la conocemos en la actualidad se debe
a los etruscos, que recibían en nombre de "cereus", "cereus fanalis"
y "cebaceus". Todos estos nombres designaban a velas o cirios
de cera, sebo o pez con mecha de fibras vegetales como papiro,
junco o estopa.
Hechas de sebo,
un extracto sólido casi incoloro e insípido de grasa animal o
vegetal, las velas eran también comestibles, y abundan los relatos
acerca de soldados que, acosados por el hambre, devoraron sin
titubear sus raciones de velas.
Las velas constituían
el medio ordinario de iluminación en las casas y además se colocaban
en las tumbas y los altares.
Siglos más tarde,
los guardianes de faros británicos, aislados durante períodos
de varios meses, hicieron de la ingestión de velas una práctica
profesional reconocida.
Incluso las velas
de sebo más caras exigían que, cada media hora, se despabilara
el extremo carbonizado de la mecha o pabilo, sin extinguir la
llama. Una vela que no se sometiera a esta operación, no sólo
difundía una pequeña parte de su capacidad, sino que la llama,
al arder muy baja, derretía rápidamente el sebo restante. De hecho,
en una vela que se dejara arder por sí sola, sólo se consumía
el 5 por ciento del sebo, y el resto quedaba sin aprovechar. Sin
que alguien las despabilara, ocho velas de sebo, con un peso de
una libra, se consumían en media hora. Un castillo en el que ardieran
cientos de velas de sebo por semana, requería un equipo de sirvientes
encargados de despabilarlas.
Hasta el siglo
XVII hubo compañías teatrales que contaban con un muchacho al
que se confiaba esta tarea. Ducho en este arte, entraba de vez
en cuando en escena, en ocasiones coincidiendo con un momento
de tensión dramática, para recortar los pabilos carbonizados de
las velas humeantes. Aunque su entrada solía ser ignorada, si
remataba con éxito la operación con todas las velas, el público
le dedicaba un aplauso. Esta difícil tarea ya no tuvo objeto a
partir de finales del siglo XVII, cuando se propagó el uso de
las velas de cera de abeja, que se evaporan parcialmente. La cera
era tres veces más cara que el sebo, pero las velas fabricadas
con ella ardían con una llama más viva.
La Iglesia católica
ya había adoptado el lujo de los cirios de cera, y la gente muy
rica los empleaba para las grandes ocasiones. Datos referentes
a una de las grandes mansiones británicas muestran que, durante
el invierno de 1765, sus habitantes consumieron más de cien libras
de velas de cera en un mes.
En el siglo siguiente,
las velas de lujo serían la de cera blanquísima y reluciente,
la dura y amarilla de sebo vegetal, procedente de China, y la
vela verde, perfumada con laurel, utilizada en la costa nordeste
de Norteamérica.
A fines del Siglo
XVIII, gracias al auge de la casa de ballenas, las velas comenzaron
a hacerse con la esperma de las ballenas, el cual lo obtenían
de la cabeza del animal. Tuvo gran éxito ya que las velas que
se fabricaban con este material, no tenían olor desagradable,
al prenderse, además de que no se reblandecían o deformaban con
el calor del verano.
Las primeras velas
y cirios se elaboraron con sebo, grasa animal que desprendía un
humo negro poco atractivo; luego este ingrediente fue reemplazado
por la cera de abeja, un elemento de costo elevado que sólo podía
ser adquirido por los clérigos y las ricas minorías. A mediados
del Siglo XIX, el desarrollo de la estearina como compuesto químico,
originalmente producido a partir de la grasa (Mineral) refinada
que produjo grandes cambios en la técnica de hacer velas; se extendieron
los tiempos de mayor duración, dureza y los colores se tornaron
más opacos y de buen olor.
Hacia 1850 durante
el proceso de refinación del petróleo, se descubrió una cera de
color blanco-azuloso que ardía limpiamente y no emitía olor desagradable,
se le llamó cera-parafina, que pronto sustituyó a los materiales
que en ese entonces se utilizaban en la fabricación de las velas.
En la época colonial,
se utilizó la cera que se obtenía hirviendo las bayas de árbol
de la cera, si bien ardía limpiamente, el proceso de obtención
era demasiado tedioso, por lo que su popularidad disminuyó. Fue
en el Siglo XIX, cuando se comienzan a fabricar las velas en máquinas
de producción contínua.
Las velas más elegantes
y refinadas, hechas con cera de abejas, quemaban lentamente, emanando
una fantástica fragancia de miel: las sencillas, hechas con grasa
de animales, olían mal, pero también iluminaban.
En 1831 se halló
la estearina mediante la purificación del sebo, que quema durante
largo tiempo y sin desprender olor.
En 1850, elaborando
los derivados del petróleo, se obtuvo la parafina, el producto
básico en la fabricación moderna de las velas.
Pero era demasiado
tarde… en 1811 ya se había descubierto el sistema para calentar
y hacer luminoso un filamento mediante energía eléctrica.
En la actualidad,
las velas se encienden para crear un clima especial que según
la ocasión, puede ser confortable, cálido, íntimo o romántico.
Además constituyen un importante recurso decorativo muy usado
durante las fiestas Navideñas y otras celebraciones especiales,
en la que comenzamos a impregnarnos de esa energía que transmiten,
porque sin duda, un ambiente iluminado por velas está rodeado
de un halo mágico que misteriosamente consiguen hechizarnos.
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